viernes 18 de junio de 2010

Saramago.

Sucedió en un blog. Leía –como el lector habitual que ya ha perdido la costumbre de hacerlo- para satisfacer esa curiosidad mal sana que siempre he tenido de husmear en la cibervida de los demás, un post en http://comecrema.blogspot.com . Bajo el siguiente titulo: cuento de la isla desconocida. Mi primera impresión fue de desprecio – aun sin leer el contenido, tan vil como puedo ser siempre- ante el que a mi parecer, era intento de elocuencia que caía en el vacío. Luego de algunas líneas, que me parecieron burdas, fui al final del post a mirar los comentarios. Mi sorpresa fue mayúscula, fatigaba al calce del escrito el siguiente nombre: José Saramago. Volví; como si mi descubrimiento me hubiera limpiado la arena que se metió a mis ojos, con un balde de agua fría. Poco más abajo de las primeras líneas reconocí la maestría y la firma literaria del autor del evangelio según Jesucristo; una incomodidad que resulta de encontrarse ante una estupidez exhibida hacia sí mismo me golpeo el estomago. Me acorde de ensayo sobre la ceguera; de lo atroz que resulta la naturaleza de las personas.

Una última lección –por decirlo de alguna manera, ad hoc por su reciente fallecimiento el día de hoy- del gran José Saramago. Te fuiste a tu Viaje del Elefante. Nos dejaste tus libros; es decir, nos dejaste todo. Gracias.

miércoles 2 de junio de 2010

Dialectica

La historia era absurda, por decir lo menos. Pero el hombre animó a seguir la plática; estúpida curiosidad que surge entre las sombras...

El interlocutor dudo un momento; tras un largo trago de mezcal soltó la aserción y prolongo la duda…

Con el cañón humeante y la garganta seca, el hombre miro dilapidarse el mezcal en el suelo...

Su duda se prolongo en la inagotable madrugada. Pensó en las próximas veces, y en pulir más sus preguntas.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Todos tus sábados y todos tus domingos.

En ese tiempo todos éramos felices, supongo; por que nos bastaba ver la sonrisa del prójimo y su grado de despreocupación para confirmar nuestras dudas y no ir mas allá. Eso no era un problema, no había que resolverlo, de hecho no había que resolver nada. Ya ahora no comprendo, mas que como algo extrañamente bizarro, la pretensión de que los jóvenes tengan que preocuparse desde ya del como será su vida.

Lo que mas nos angustiaba no era pasar el examen de física -cuya materia era impartida por un noble anciano bonachón y rechoncho que daba la impresión de derrumbarse de un momento a otro-, lo que mas nos angustiaba era saber cuantas horas tendríamos libres en el itinerario de clases y si nos tocarían los maestros mas faltistas. Dependiendo de tu lugar de procedencia era lo que se esperaba de ti en cuanto a desarrollo académico, sin embargo; sin importar de que secundaria hubiéramos egresado, todos terminábamos contagiados por el virus del ausentismo, incluso los más ñoños- esos mataditos no tan zafados como los geeks de ahora ni tampoco con ese glamour.

En el primer año, el temor hacia el prefecto -ese tipo horrible cuyo aspecto salvaje, sádico e inculto, que daba la impresión de nunca haber recibido algún tipo de instrucción- nos tenía sentados en las horas libres en la pequeña plaza del traspatio, flanqueada por dos canchas, una de básquet y una de fútbol, y cuyas bancas no eran suficientes para toda la bola de vagos a los que no les importaba su educación. Baquetones, así nos decía nuestro asesor educativo, un tanto a guasa un tanto en serio.

La vida transcurría cotidiana pero consistente. Es cierto que habíamos pasado la época de los descubrimientos materiales, y el tiempo de descubrimientos espirituales- no así de los sentimentales- estaba apunto de pasar. Pero la nítida sencillez de las cosas era algo que nos asombraba, aun que en esos días no comprendíamos bien a bien lo que nos pasaba, ni podíamos definir como ahora defino nuestra situación. Si nos abrumaba un problema solo mirábamos al pupitre de al lado para salir de el, para copiar, para conversar, para chismear, para preguntar, y por su puesto para hacer desmadre. Yo que siempre he sido un dislocado social, amaba el hecho de relacionarme con otras personas sin tener ninguna otra cosa en común que un malsano odio hacia la maestra de derecho-no se si la odiábamos por la tozudez de sus métodos pedagógicos o por el mal gusto en su vestir que rayaba en lo grotesco, el cual llegaba a tal grado que su materia era la única en que fijábamos los ojos en el libro y no los despegábamos de ahí durante toda la hora, verla al frente dirigiendo la clase era traumático. Entablar relaciones extramuros era una tanto difícil, pero las tentaciones eran mas bien idílicas, soñadas, esa seria una definición mas exacta, además de que cada salón tenia su submundo, con sus propios conflictos y soluciones gremiales, sí, de esas en que si tienes que romper con la novia o pelearte con tu amigo es algo de lo que todo el grupo tiene derecho a enterarse, opinar, y si la ocasión lo amerita, actuar. Pero aquello no era fatídico ni desastroso, era divertido y soberbio que, por algún momento, fueras el centro de ese submundo.

En esos días que corrían a veces lento a veces rápido, tuve mi primer rompimiento con Dios, mi primera disputa social, mi primer enajenamiento ideológico – agradezco al gran rey que no se haya enojado tanto con migo como para darme a conocer en esa época la filosofía Comunista-Marxista-Leninista- y por primera vez conocí el miedo atroz que representa el vivir. Pero sin duda alguna toda huella que dejaran estas laxitudes primigenias, era borrada de manera inmediata por el fútbol.

Los viernes, las horas libres, los sábados y los domingos; nos desprendíamos, huíamos, nos emancipábamos; nunca llegue a ver a nadie que no fuera de nuestro grupito (del salón) en las canchas de futbol rápido de la UD de Renacimiento. Las gradas vacías, el eco en las porterías de concreto, el piso escarapelado y sin alfombra; al final del juego, en las gradas, con bolsitas de agua de cincuenta centavos vaciándose en nuestras bocas, desfallecíamos con los pies hinchados. Después de un partido me dolían las piernas como tres días. Extraño eso, hace como nueve años que no juego futbol.

viernes 10 de octubre de 2008

Sin motivo alguno. ( I/II )

Y ahí estaba, tirando su amor al río, no por que lo despreciara ni por que le pareciera insignificante que un ser como El la amara, si no simplemente por la curiosidad de ver como se hundía; era, en resumidas cuentas, una desgraciada, dispuesta a exacerbar todos los sentidos de El para descubrir nuevas formas de ser una desgraciada, lo cual era prácticamente lo único que le divertía. Pensaba, mientras iba de camino, con los músculos de las manos a punto de tensarse, como era posible que eso, a lo que El llamaba con tanto desenfreno amor, pudiera caber en una caja de cartón no mas grande que el contorno que abarcaban sus brazos semi estirados.

Ya en la rivera, se sentó un rato a ver el agua pasar y recordó lo que alguna vez El le dijo cuando, entre los breñales, jugaban a perseguirse hasta llegar a una de las tantas hondonadas que había a ambos lados en esa parte del río, Ella fingía, echando su cuello hacia atrás y girando levemente su cara para mirarlo de soslayo, El la tomaba por la cintura, metiendo sus manos por debajo de la blusa para poder tocar su piel, y luego las deslizaba hacia delante hasta entrelazarlas en su vientre; entonces le decía al oído: -dime mi niña que se puede hacer contra el agua que corre-. Y Ella dejaba de fingir, se quedaba perpleja mirando aquel hombre en cuya figura se estrellaba la luz del sol que rebotaba de la corriente. -es Francois Mauriac- le murmuraba, procurando que sus labios rozaran levemente sus pequeñas orejas. Ella estallaba en carcajadas, jamás había leído nada que le sonara a Francois Mauriac, sus mejillas se ruborizaban por que no podía soportar que el fuera tan lindo, pensaba que si él no fuera El y ella no fuera Ella, en ese instante lo amaría para siempre, luego se libero violentamente de sus brazos y le dio un beso, después volvía a su simulación. La pasión era pues lo único divertido, no conocía el amor más que como un juego, en el que quien miente mas gana. Se proponía todos los días a engañarlo, a mentirle una y otra vez, con largos “te quiero”, y susurros de amor al oído, tratando, en cada ocasión, ser mas cínica que la anterior, pero El no sucumbía en su propósito, al “te amo” de Ella le seguía el “te amo” de El, y al gélido roce de sus manos la respuesta del abrazo sempiterno. Eso fue lo que la canso al final, el simulacro vuelto realidad ante los ojos que pretendía engañar.


Idealizo entonces el día mas nefasto para acabar con todo, pues se creía merecedora de al menos una ultima satisfacción. De prender esa imagen en un lugar privilegiado de su memoria, de tenerlo ahí, con sus dedos crispados y sus ojos chispeantes, con su actitud incrédula viendo como Ella se alejaba pasando sus manos por los setos que flanqueaban su calle. ¡Ah!, como disfrutaba cada vez que se imaginaba aquella escena.


Y fue, que un día de diciembre, cuando por las tardes la brisa del mar es apenas perceptible, toco la puerta de su casa. El día anterior había pasado como si nada, le hablo por teléfono, y lo única extraño, fue que Ella le informo pormenorizadamente de lo que le había sucedido esa jornada en la escuela, cosa que nunca hacia, pues consideraba todo fuera de su relación algo poco menos que aburrido. Se lo contó como si se lo estuviera diciendo a su diario, pero con un tono tan afable, que pareciera querer abrir lo que según El era lo único que le faltaba a su relación: la libertad de contarse hasta las cosas que parecen absurdas y sin sentido, para que el otro nos de su opinión, no por la altanería de saber que le interesa todo de nosotros, si no por la confianza de que se nos encuentren nuestras cualidades en cada detalle de nuestra vida. Pero El no dijo nada, se quedo al otro lado de la línea sin ni siquiera murmurar como era su costumbre, Ella se impaciento tanto que en la víspera de aquel día no durmió. se paso la noche hilando pensamientos, atando cabos, sacando conclusiones, que iban desde las causas de la actitud indiferente de El en la tarde, hasta los verdaderos motivos ocultos de su rompimiento; ya en la madrugada tuvo una visión, su respiración se contuvo, una sensación que comenzó helándole el pecho se fue apoderando súbitamente de su cuerpo, se paro de la cama y abrió la ventana, poniendo las manos en el alfeizar, sintió el aire tenuemente humedecido por el rocío matinal e intento buscar la dirección donde se hallaba la casa de El, lanzo un suspiro -lo cual también hacía cuando se encontraba desesperada o aburrida-, sintió miedo de que en verdad, en alguna parte de su ser, existiera un sentimiento verdadero hacia el. No importando que fuera tan profundo como el amor, sabia que eso no era posible, pero sí algún tipo de apego emocional, una reminiscencia de tantos días en su compañía, un año, ¡no! casi dos. Se empezó a preguntar porque después de tanto tiempo lo haría hasta ahora. Era un una pregunta seria, para la cual no había sonrisas picaras ni miradas furtivas, miro las paredes de su habitación que parecían venirse abajo y su respiración agitada, cerro la ventana antes de que todo el aire escapara de ahí.

En la mañana parecía habérsele olvidado todo aquello, se la paso horas escogiendo la ropa que se pondría, unos jeans, una camisola gris y una blusa blanca de botones en forma de perla, unas zapatillas cortas, el suéter rosa a cuadros por el cual EL le decía que parecía un arlequín, y Ella esbozaba una sonrisa, hasta que averiguo que era un arlequín pero para ese entonces había entendido que no lo decía con mala intención y sí con una ternura boba que pretendía hacerla reír, como tantas otras cosas. A las dos cuarenta y cinco de la tarde, y con las cosas que una mujer debe de hacer antes de su última cita ya resueltas, corrió a su encuentro. (…………………..)

miércoles 24 de septiembre de 2008

Hiroshima, para ustedes.

La palabra feneció; y el último grito, ahogado en la garganta de una multitud, no alcanzo a vivir. Se sustituyo entonces por otro, por que es así, se sabe, que el espacio no puede quedar vacío; pero este grito, aunque con la misma vos, era distinto, tenía otra tonalidad, la de aquella que busca un eco y no lo encuentra: el del dolor.


Hemos atestiguado el fin de una era, y digo esto sin temor a equivocarme. Por que si algo faltaba para apreciar la descomposición social, a través de la desintegración del estado, por que al final de cuentas eso es el estado, la sociedad, o al menos parte de ella, era el ataque, que la delincuencia organizada efectuó las pasadas fiestas patrias, en Morelia. Pasamos pues, de ser espectadores, a actores en el teatro de la muerte; de observar, con la indiferencia a la que nos ha acostumbrado la violencia de los transgresores y la incapacidad del gobierno para combatirlos, a sentir en carne propia las consecuencias de la guerra contra el narcotráfico que, si bien se nos avisaba con tiempo tomaría muchas vidas, jamás se nos dijo que estas serian inocentes y menos que serian las nuestras.


Por que al final de cuentas lo que paso en Morelia pudo haber pasado en cualquier parte del País, y peor aun, podría a partir de ahora pasar en cualquier parte. Entonces ya no nos pueden decir, como es su costumbre, que son hechos aislados, que se matan entre ellos, que fue un ajuste cuentas, que si era un policía que no se dejo sobornar, o un alcalde que no le entro al negocio, o un soldado que quiso quemar sus plantíos, o un agente federal recto y con convicciones, que estoy seguro los hay, que se estaba acercando mucho al investigar. Ahora seremos nosotros los sacrificados.


Al día siguiente de la tragedia, y después de un sesudo análisis de la situación, la mejor respuesta que encontró el gobierno ante los actos terroristas, fue el cambio de orador de la ceremonia del 16, en el campo militar numero uno. Pues según la agenda, la tradicional arenga espetada al Ejercito, seria dada por la canciller Patricia Espinosa, en su lugar vimos a un Felipe Calderón extraño, fuera de lugar, exigiendo a los Mexicanos unidad, cuando ha sido precisamente su gobierno (o mas bien su desgobierno), quien a mandado mensajes una y otra vez de “los que están con migo y los que están en mi contra”, diciéndonos que irán con todo el peso de la ley y toda la fuerza de la justicia contra los responsables (¿ósea que hasta ahora no lo habían hecho así, y del tan cacareado plan de seguridad solo nos enseñaron un chisguete, digo, solo para apantallarnos?). Si el Presidente y su gabinete, en todo lo que va de su administración, jamás han dado muestras claras de la dirección a la que pretenden llevar al País, ni actuado con la suficiente firmeza en las acciones que así lo requerían, seguro, como lo demostrara el paso del tiempo en los siguientes días, no veremos nada diferente. Sacaran a orear la demagogia de la “mano firme”, he intentaran convencernos con sus chivos expiatorios, que ellos pueden dar resultados (negativos). Y tan luego sus pruebas se tambaleen, saldrán a decir que siempre no, que estos eran otros, como ya sucedió con los detenidos en Zacatecas.



Pero mientras todo esto sucede, todos querrán jalar agua para su molino con miras a las elecciones intermedias del 2009. Ya veo Felipe, con las entendederas cansadas y con García Luna susurrándole al oído, aduciendo que el 39 por ciento de aumento al presupuesto de seguridad para el 2009 no es suficiente, que mejor el 60, o el 70, o mejor aun, ya encarrilados que sea el 100, y a la jodida los demás rubros del presupuesto Federal que tengan que sacrificarse, que en esta fase (Terminal) de la Historia de México, no es bueno andarse con miramientos. Según es su pensamiento, mas dinero es igual a mas seguridad, siendo que nunca ha existido relación entre el dinero que se destina a la lucha contra delincuencia y la disminución de esta, a manos de las Instituciones encargadas de combatirla. Por que si fuera así, tendríamos una formula mágica que se traduciría en lo siguiente: mas dinero = menos delincuencia, pero eso no pasa.


Aunado a esto me han dicho algo que nunca había escuchado, al menos, en las voces de aquí; el sonido de la desconfianza incisiva. Que existía desconfianza, sí, existía, de los unos con los otros y de todos con la Autoridad, pero no oí, hasta ahora, la escalofriante teoría del complot, del auto atentado, de la idea plausible (o al menos creíble) del terrorismo de estado. “Tu crees que como están las cosas, el propio Gobierno no fue quien arrojo esas granadas, para así decirnos hasta adonde eran capaces de llegar los narcos y ponernos en su contra”, me comentaba una compañera de trabajo. ¿Cuantos mexicanos, azuzada su imaginación por la terrible realidad nacional, pensaran eso? ¿Qué pasara si día a día sean mas los que alberguen esta idea escalofriante? o peor aun, ¿Qué sucederá si tienen razón? Quiero pensar que no, deseo con todas mis fuerzas que no, que no sea cierta esa afirmación plasmada en el pensamiento de mi compañera, y creer que, aun que posible, el terrorismo de estado esta muy lejos todavía de nuestra era, que quedo allá, en el 68, en lontananza, en la guerra sucia de los 70, en la mente pervertida de los gobernadores priìstas del siglo pasado, y que nunca volverá, quiero pecar de ingenuo solo por esta vez. Por que si no fuera de esta forma, el País, nuestro País, se habría acabado de ir a la mierda para siempre.


Entonces que sigue? Dicen, los que saben, que viene algo grande, algo gigantesco que cambiara para siempre nuestro rumbo, pero no alcanzan a decir bien a bien que es. Descifrar el mensaje que los autores de los atentados en Morelia, quisieron dar, no es una tarea simplista, pero da pauta a que cada quien le de su propia interpretación y que en ella pueda tener un pedazo de verdad. Al Gobierno Calderonista, que le habrán querido decir, ahí en la tierra donde nació su titular. Recordemos ese no tan lejano Diciembre del 2006, cuando “el comandante supremo” daba la orden a las Fuerzas Armadas para que iniciaran el despliegue mediático de su guerra contra el narcotráfico, y Michoacán era “salvado” de los carteles que lo invadían. Casi dos años después, y con una factura que ya se ve impagable, Felipe a recibido un escupitajo en la cara en forma de esquirla. A nosotros, los ciudadanos de a pie, el narcotráfico, como ya la había hecho aunque de una manera menos directa, el “otro sector” del crimen organizado, nos dejo un recado, no escrito a plumón ni en una cartulina como lo hacen con sus rivales después de decapitarlos, sino escrito con sangre en medio de una plaza pública, el día de la independencia, precisamente para hacernos ver que tal cosa no existe, que no somos independientes porque hemos perdido la guerra contra los dos grandes enemigos de México, la corrupción y la impunidad.
Se abrieron las puertas del infierno, otras tantas se han cerrado. El narcotráfico como nunca se apodera del territorio, una ola de secuestros tiene sembrado el miedo en la sociedad, los cuerpos policiacos se encuentran corroídos por el dinero sucio, la inflación por momentos se ve incontenible, cada vez más personas engruesan las estadísticas del desempleo, las políticas neoliberales que los gobiernos implementaron a partir de la década de los noventa hasta ahora, empiezan a dar fruto, nos están mandando al abismo. Es extraño, todo lo que está pasando me pone a pensar en Nietzsche y su “eterno retorno”, y de cómo, de una forma que da pavor la Historia tiende a repetirse una y otra vez. Hace 198 años se intuía un cataclismo, hace 98 años se avizoraba otra forma de, digamos “una nueva concepción de la República”. Cuantos estarán ansiosos por caminar entre ruinas, y cuantos habrá convencidos de que aquellas ideas esgrimidas en 1910 ya han caducado. Luego entonces crear nuevas formas políticas quizás sea la única manera de salvarnos. Por lo pronto nos encontramos detenidos ante un parapeto grafiteado con una leyenda Marxista: “la violencia es la partera de la Historia”. Queremos ver quien puede pintar de blanco, otra vez, esa barda.

domingo 14 de septiembre de 2008

Nada que ver.

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Suspendido en el aire, un pensamiento puede tomar cualquier forma. La forma de una idea, la forma de un sueño, la forma de un sentimiento, la forma de la imaginación que sueña la idea de un pensamiento. Y me pregunto, cuando pienso en ti, ¿Qué eres?. Una idea, o la idealización del amor; un sueño que se antoja inalcanzable para mi; o eres acaso solo la imaginación de mi conciencia que cansada de torturarme con la realidad, ha decidido inventarte con las reminiscencias de la extraña “cercanía de lo lejano”……….; y si acaso eres lo ultimo que pensé que pensaría. Un sentimiento, eso es lo que no me gustaría que fueras, porque te alojarías en mi, aun pasada la sensación incorpórea de que me perteneces de alguna u otra manera; y arrasada toda la vida y toda la muerte de este planeta, cuando ya no quedara nada ni nadie, ni algo en que se pudiera sostener el tiempo, tú, seguirías ahí, aun si nada de mi existiera, tú, estarías ahí, como final componente de mi esencia humana, por que quizás tu serias lo único humano que estuvo en mi, y sabes, seria terrible darme cuenta de eso. ¿O tú que piensas?
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Causalidad.

Me case a los 23 años, y eso es lo más importante que puedo decir a cerca de mi vida. Jamás tuve hijos, jamás ame a alguien, jamás plante un árbol, escribí un libro o realice un acto por el cual valiera la pena apartar un espacio en la memoria e inscribirlo ahí. Me divorcie a los 25, perdí cualquier esperanza a los 27, y a los 30 estaba listo para morir. Aun que supongo que uno está listo para morir desde el momento en que nace, pero no se da cuenta de esto hasta el último segundo de la vida. Yo por ejemplo, hace unas horas me encontraba ante la tentación de aceptar que la felicidad puede estar encerrada en una copa de vino, pero si no acepte la felicidad en formas más comunes y creíbles, como por ejemplo en la forma de una mujer, o del dinero, o de la familia, o la de vivir sin tener que preocuparme por algo que realmente me interesaría resolver, ¿Por qué buscar más? Así que me mejor me senté a esperar que pasara; con la música que todo lo invadía y que parecía llenar hasta el más pequeño vacio, con las personas contemplativas hacia sí mismas por el efecto del alcohol, y todo eso que conformaba el mundo, que de un momento a otro desaparecería. …………………….. el auto doblo en la esquina de insurgentes y solidaridad, para luego ir por una calle muy angosta y llena de baches, al pasar en uno de ellos, el más grande de todos, aunque eso el chofer jamás podrá saberlo, el siseo de la cajuela dejo de oírse. Al final de callejón, después de un tortuoso y relativamente largo viaje de, digamos nueve minutos, había una gran avenida con semáforos que se sucedían en cada esquina, sus luces siempre naranjas y relampagueantes parecían hipnotizar, sobre el pavimento mojado por la humedad de la noche, se podía ver, en los espacios donde se encontraban grandes farolas, el reflejo difuminado del coche. De un momento a otro el conductor decidió que, a la velocidad que iba jamás llegaría a su destino, acelero, perdiéndose junto con el vehículo y su carga, en la tímida oscuridad que no se atrevía aparecer por completo en la ciudad, y luego, donde el presupuesto ya no alcanzo para semáforos ni farolas, desapareció por completo. Ahí una patrulla, estacionada atrás de un anuncio espectacular, con el retrato de una mujer con los ojos color turquesa, mantenía las luces de la sirena encendidas, adentro, un policía dormía. Soñaba con una gran ceremonia, donde su jefe lo ascendía a sargento, luego un gran vendaval se llevaba todo, y el, con gran congoja, trataba de sostener en sus manos su reconocimiento que tenía su nombre inscrito en una placa dorada que decía “para el policía Inocencio Pérez por haber………………” ,en ese momento un auto que pasaba a toda velocidad derrapo en la rampa de frenado, el pobre policía, pobre ya en muchos sentidos, no pudo acabar de leer el por qué de su ascenso. Se angustio sobremanera, y sin hacer caso a las luces rojas que se alejaban velozmente, pertenecientes seguro, aun conductor ebrio o a uno que se quedo dormido, o lo que sería peor, a un conductor ebrio que se quedo dormido, hizo su mayor esfuerzo por volver a su mundo onírico a ver de nuevo aquella placa. Ya en la madrugada, y sin ninguna otra explicación que su firme deseo de no darse cuenta de la realidad, logro estar de nuevo en aquella ceremonia, esta vez no llego ninguna tormenta, ansioso, tan luego que le dieron su reconocimiento lo trajo hacia su rostro tan cerca que casi no podía leer la inscripción que decía “Para el policía Inocencio Pérez, por haber sido participe del exitoso operativo 1S1, contra la delincuencia”. Se sintió tan feliz y satisfecho que decidió dormir un largo rato mas, después de todo, se dijo así mismo en el sueño, pero en voz muy bajita, me lo merezco. El mundo, en ese instante, era un lugar mejor.


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Cero y Uno
&-me deprime hablar con las personas, crees que estoy loco?
®-tal vez, aunque creer en algo no lo hace realidad.
&-pero para ti seria verdad, es decir, aun que no sea cierto, y este completamente sano, si tu estas convencido de que estoy loco lo estare para ti.
®-sì, estas demente. Lloras?
&-sí, por costumbre más que por necesidad.
®-y que paso con ella?
&-con quien?
®-con la persona que te deprimió ahora
&-ah, no sé, ni siquiera lo sabe, es mejor así.
®-para ella o para ti?
&-para ambos. Las personas son tan banales.
®-por que te hacen sentir mal sin que lo sepan.?
&-no porque no se esfuerzan por conocer mejor a las personas que los rodean?
®-por que habrían de hacerlo.
&-por que son sus amigos
®-la persona que te hizo llorar es tu amigo……. O amiga?
&-no, no lo es.
®-y entonces por qué tendría que conocerte, no sé, tal vez pensando que quisiera hacerlo, tu no la dejarías, te conozco, escondes todo de ti.
&- no la dejaría?, porque asumes que es una mujer.
®-no¡, es un hombre¡, ahora si diste el chiquigüitazo.
&-es mujer.
®-te gusta.
&-porque habría de gustarme?
®-porque no habría de gustarte?

sábado 6 de septiembre de 2008

La otra dictadura.

Paty: sabes que aun tengo con migo la carta de disculpa que me diste aquella vez, cuando fuiste a México y creí que le habías traído a todos alegrías menos a mi; y sabes que, aun sigo siendo el mismo idiota de aquella vez.
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Y la marcha fue. Así que salieron a las calles aquellos que, como todos en este país, se sienten atrapados en la paranoia de la inseguridad. Mediática, sí, pero no por mediática menos real, la manifestación del sábado es una muestra más de que la sociedad toda, aun que la mayoría de los convocados en la marcha fueron de clase media y alta, no encuentra el camino del como, ni la respuesta del porqué se nos ha encerrado en una jaula, dentro de nuestras propias casas.

Luego el día siguiente, y la pregunta del después, que los medios de comunicación intentan aportar: “ya basta” se lee a ocho columnas en algún periódico de circulación nacional; “se ilumina el zócalo” aduce otro diario; en los noticieros de las noche el conductor dice que la sociedad mostro su indignación; en la radio los locutores anuncian que la marcha “por la seguridad” fue un éxito (¿¿¿???). Si yo fuera editor de algún diario en este país y tuviera que buscar algún encabezado para la noticia de la jornada del sábado, seguramente hubiera sido esta: pura mierda. Pero bueno, el tiempo todo lo cambia, y hace una semana pensaba esto, y hace cinco minutos ya no. Y es que, la verdad, la marcha de la indignación me indigno, me pregunte, ¿Dónde estaban esos cientos de miles cuando fue la masacre de aguas blancas, la masacre de Acteal? ¿Por qué no se hizo una marcha también cuando murieron esos muchachos de clase de baja en el news devines? ¿Por qué si matan aun jodido trabajador en un asalto, para quitarle su quincena de salario mínimo nadie hace nada y no hay nadie en los noticieros que diga, como en los recientes casos de secuestro: estos hechos nos deben doler a todos? Bueno tengo mis teorías con respecto a eso. Verán resulta que aquí, donde nos toco vivir, unas cuantas familias tienen en su poder mas del ochenta o noventa por ciento de la riqueza del país, ¿y los demás?, pues si les va bien pertenecen a la cada vez menos visible clase media, y otros con menos suerte, digamos, unos 50 millones estamos en situación de pobreza (y digo estamos por que no solo existe pobreza económica, también hay pobreza alimentaria, educativa, de oportunidades etc.). Pero como resulta que los ricos son muy pocos; pues si se muere uno hay que poner el grito en el cielo, como va a ser eso, son una especie en peligro de extinción en México, y encima de eso que los anden matando y secuestrando, no hay derecho. Digo, luego que vamos a presumir al mundo, si los Carlos Slim de este país pasan de estar en el top cien de Forbes, a ir a parar directo y sin retorno a la rotonda de los hombres ilustres.

Pero ya curado del más reacio oscurantismo social, gracias a la catarsis que provoca escupir tanta pendejada como la del párrafo anterior, lo de arriba se podría traducir en lo siguiente: y a todo esto tu que has hecho?. No, no que hay que confundir el debe con el haber, independientemente de la condición social que nos toque vivir, la inseguridad nos hace daño a todos, el dolor del Sr Martí al perder a su hijo a manos de sus captores, debió ser el mismo que el del pobre albañil al ver morir al suyo propio a manos de narcomenudistas que no aceptaron el no del muchacho para vender su “mercancía”. La rabia de la señora ala que un ladronzuelo le arrebata la bolsa del mandado; la impotencia del taxista al que asaltaron y le robaron su coche que ni siquiera había acabado de pagar; el miedo del señor de la tiendita de la esquina al que una banda de la colonia lo extorsiona y le pide una “cooperación para protección”; tiene una sola diferencia con la inseguridad de los grandes empresarios, de los ricos, de los poderosos: la válvula de escape de estos últimos es mucho más grande que la de los primeros. Y no podemos hacer mucho.

Si un empresario, un gran comerciante, un político prominente se siente amenazado, tiene los medios para aumentar al máximo su seguridad personal y la de su familia; los pobres no, no hay para pagar un guarura, una cámara de seguridad, un auto blindado. Y sin embargo; esta única diferencia, la del dinero para conseguir los medios que nos protejan del flagelo de la inseguridad, está empezando a desaparecer. Cada vez más nos encontramos con casos en los que la delincuencia organizada y su sofisticación han logrado alcanzar a los que parecían inalcanzables, a esos, a los de los carros blindados, a los de los cien guaruras, a los de las fortalezas con mil cámaras de seguridad. Y también, ha empezado a desaparecer la constante que, se suponía, media la probabilidad de ser víctima de la delincuencia, el hecho de tener mucho. Para ahora querernos arrebatar lo que sea que tengamos, aunque sea poco, aun que sea casi nada, aun que solo sea nuestra confianza y nuestra esperanza.

A manos de la delincuencia la sociedad en su conjunto ha perdido el hilo conductor, el camino, ya no damos paso alguno, pues tenemos miedo de caer en el abismo. Y ante esto, lo que nos quedaba era mirar al estrado, a los de los discursos, a los de la demagogia, que, en otros días tenían la solución mágica para garantizarnos lo único que hasta hace un tiempo creíamos que podían darnos: seguridad y libertad. Pero el estado enfrascado en una lucha de poderes facticos ha perdido capacidad, practicidad, y ha sido víctima, el también, de la delincuencia, que termino por secuestrarlo.

Ante esto, todo el país se ha pretendido unificar bajo la consigna del “si se puede”, grito de batalla dubitativo que generalmente lleva consigo un signo de interrogación (¿si se puede?). Y a buscado, mediante la única forma que sabe hacerse sentir, la de la manifestación, enviar un mensaje a su gobierno y a los criminales; al primero un “si no pueden renuncien”, y a los segundos un “ya basta”. Pero tergiversada la voz de la sociedad por el miedo que alberga desde hace mucho tiempo, el mensaje no llego a los destinatarios como debería; pues al gobierno le sonó como amenaza a la soberanía (de la cual se acuerdan solo cuando les conviene) y sus instituciones, y a los delincuentes se les tradujo así: “tenemos miedo, y no sabemos qué hacer”. Así pues como respuesta, ellos, nos dejaron quince decapitados la semana pasada y una leyenda tácita que dice: no nos van a detener. No como una interrogación, si no como una afirmación y un reto, que hasta ahora no se ve quien lo pueda tomar.