La palabra feneció; y el último grito, ahogado en la garganta de una multitud, no alcanzo a vivir. Se sustituyo entonces por otro, por que es así, se sabe, que el espacio no puede quedar vacío; pero este grito, aunque con la misma vos, era distinto, tenía otra tonalidad, la de aquella que busca un eco y no lo encuentra: el del dolor.
Hemos atestiguado el fin de una era, y digo esto sin temor a equivocarme. Por que si algo faltaba para apreciar la descomposición social, a través de la desintegración del estado, por que al final de cuentas eso es el estado, la sociedad, o al menos parte de ella, era el ataque, que la delincuencia organizada efectuó las pasadas fiestas patrias, en Morelia. Pasamos pues, de ser espectadores, a actores en el teatro de la muerte; de observar, con la indiferencia a la que nos ha acostumbrado la violencia de los transgresores y la incapacidad del gobierno para combatirlos, a sentir en carne propia las consecuencias de la guerra contra el narcotráfico que, si bien se nos avisaba con tiempo tomaría muchas vidas, jamás se nos dijo que estas serian inocentes y menos que serian las nuestras.
Por que al final de cuentas lo que paso en Morelia pudo haber pasado en cualquier parte del País, y peor aun, podría a partir de ahora pasar en cualquier parte. Entonces ya no nos pueden decir, como es su costumbre, que son hechos aislados, que se matan entre ellos, que fue un ajuste cuentas, que si era un policía que no se dejo sobornar, o un alcalde que no le entro al negocio, o un soldado que quiso quemar sus plantíos, o un agente federal recto y con convicciones, que estoy seguro los hay, que se estaba acercando mucho al investigar. Ahora seremos nosotros los sacrificados.
Al día siguiente de la tragedia, y después de un sesudo análisis de la situación, la mejor respuesta que encontró el gobierno ante los actos terroristas, fue el cambio de orador de la ceremonia del 16, en el campo militar numero uno. Pues según la agenda, la tradicional arenga espetada al Ejercito, seria dada por la canciller Patricia Espinosa, en su lugar vimos a un Felipe Calderón extraño, fuera de lugar, exigiendo a los Mexicanos unidad, cuando ha sido precisamente su gobierno (o mas bien su desgobierno), quien a mandado mensajes una y otra vez de “los que están con migo y los que están en mi contra”, diciéndonos que irán con todo el peso de la ley y toda la fuerza de la justicia contra los responsables (¿ósea que hasta ahora no lo habían hecho así, y del tan cacareado plan de seguridad solo nos enseñaron un chisguete, digo, solo para apantallarnos?). Si el Presidente y su gabinete, en todo lo que va de su administración, jamás han dado muestras claras de la dirección a la que pretenden llevar al País, ni actuado con la suficiente firmeza en las acciones que así lo requerían, seguro, como lo demostrara el paso del tiempo en los siguientes días, no veremos nada diferente. Sacaran a orear la demagogia de la “mano firme”, he intentaran convencernos con sus chivos expiatorios, que ellos pueden dar resultados (negativos). Y tan luego sus pruebas se tambaleen, saldrán a decir que siempre no, que estos eran otros, como ya sucedió con los detenidos en Zacatecas.
Pero mientras todo esto sucede, todos querrán jalar agua para su molino con miras a las elecciones intermedias del 2009. Ya veo Felipe, con las entendederas cansadas y con García Luna susurrándole al oído, aduciendo que el 39 por ciento de aumento al presupuesto de seguridad para el 2009 no es suficiente, que mejor el 60, o el 70, o mejor aun, ya encarrilados que sea el 100, y a la jodida los demás rubros del presupuesto Federal que tengan que sacrificarse, que en esta fase (Terminal) de la Historia de México, no es bueno andarse con miramientos. Según es su pensamiento, mas dinero es igual a mas seguridad, siendo que nunca ha existido relación entre el dinero que se destina a la lucha contra delincuencia y la disminución de esta, a manos de las Instituciones encargadas de combatirla. Por que si fuera así, tendríamos una formula mágica que se traduciría en lo siguiente: mas dinero = menos delincuencia, pero eso no pasa.
Aunado a esto me han dicho algo que nunca había escuchado, al menos, en las voces de aquí; el sonido de la desconfianza incisiva. Que existía desconfianza, sí, existía, de los unos con los otros y de todos con la Autoridad, pero no oí, hasta ahora, la escalofriante teoría del complot, del auto atentado, de la idea plausible (o al menos creíble) del terrorismo de estado. “Tu crees que como están las cosas, el propio Gobierno no fue quien arrojo esas granadas, para así decirnos hasta adonde eran capaces de llegar los narcos y ponernos en su contra”, me comentaba una compañera de trabajo. ¿Cuantos mexicanos, azuzada su imaginación por la terrible realidad nacional, pensaran eso? ¿Qué pasara si día a día sean mas los que alberguen esta idea escalofriante? o peor aun, ¿Qué sucederá si tienen razón? Quiero pensar que no, deseo con todas mis fuerzas que no, que no sea cierta esa afirmación plasmada en el pensamiento de mi compañera, y creer que, aun que posible, el terrorismo de estado esta muy lejos todavía de nuestra era, que quedo allá, en el 68, en lontananza, en la guerra sucia de los 70, en la mente pervertida de los gobernadores priìstas del siglo pasado, y que nunca volverá, quiero pecar de ingenuo solo por esta vez. Por que si no fuera de esta forma, el País, nuestro País, se habría acabado de ir a la mierda para siempre.
Entonces que sigue? Dicen, los que saben, que viene algo grande, algo gigantesco que cambiara para siempre nuestro rumbo, pero no alcanzan a decir bien a bien que es. Descifrar el mensaje que los autores de los atentados en Morelia, quisieron dar, no es una tarea simplista, pero da pauta a que cada quien le de su propia interpretación y que en ella pueda tener un pedazo de verdad. Al Gobierno Calderonista, que le habrán querido decir, ahí en la tierra donde nació su titular. Recordemos ese no tan lejano Diciembre del 2006, cuando “el comandante supremo” daba la orden a las Fuerzas Armadas para que iniciaran el despliegue mediático de su guerra contra el narcotráfico, y Michoacán era “salvado” de los carteles que lo invadían. Casi dos años después, y con una factura que ya se ve impagable, Felipe a recibido un escupitajo en la cara en forma de esquirla. A nosotros, los ciudadanos de a pie, el narcotráfico, como ya la había hecho aunque de una manera menos directa, el “otro sector” del crimen organizado, nos dejo un recado, no escrito a plumón ni en una cartulina como lo hacen con sus rivales después de decapitarlos, sino escrito con sangre en medio de una plaza pública, el día de la independencia, precisamente para hacernos ver que tal cosa no existe, que no somos independientes porque hemos perdido la guerra contra los dos grandes enemigos de México, la corrupción y la impunidad.
Se abrieron las puertas del infierno, otras tantas se han cerrado. El narcotráfico como nunca se apodera del territorio, una ola de secuestros tiene sembrado el miedo en la sociedad, los cuerpos policiacos se encuentran corroídos por el dinero sucio, la inflación por momentos se ve incontenible, cada vez más personas engruesan las estadísticas del desempleo, las políticas neoliberales que los gobiernos implementaron a partir de la década de los noventa hasta ahora, empiezan a dar fruto, nos están mandando al abismo. Es extraño, todo lo que está pasando me pone a pensar en Nietzsche y su “eterno retorno”, y de cómo, de una forma que da pavor la Historia tiende a repetirse una y otra vez. Hace 198 años se intuía un cataclismo, hace 98 años se avizoraba otra forma de, digamos “una nueva concepción de la República”. Cuantos estarán ansiosos por caminar entre ruinas, y cuantos habrá convencidos de que aquellas ideas esgrimidas en 1910 ya han caducado. Luego entonces crear nuevas formas políticas quizás sea la única manera de salvarnos. Por lo pronto nos encontramos detenidos ante un parapeto grafiteado con una leyenda Marxista: “la violencia es la partera de la Historia”. Queremos ver quien puede pintar de blanco, otra vez, esa barda.